Eremus, capítulo 9. Salto al vacío.

El coche circulaba a toda velocidad por la carretera. Una de las primeras acciones emprendidas por el ejército había sido despejar las principales vías de acceso a las grandes ciudades, que se colapsaron rápidamente cuando empezó todo aquello. Grandes máquinas apartaron entonces los vehículos vacíos hacia los laterales de la carretera, mientras las tropas protegían a los obreros abriendo fuego contra los cadáveres que se acercaban demasiado al convoy. Gracias a ello, ahora, años después, los pocos supervivientes que quedaban podían transitar por aquellas carreteras en las que raramente se veía más de un automóvil a la vez.

Teo iba al volante. Pol iba a su lado, y Ferrán y Ana iban detrás. Normalmente, Teo y Ana ocupaban los asientos delanteros, pero tras los sucesos del día anterior, se habían distanciado.

Teo pensaba que todo era una rabieta de Ana, que ella en el fondo sabía que el llevaba razón, y que tarde o temprano correría hasta sus brazos pidiendo clemencia y perdón.

Ana, por su parte, ocupaba sus pensamientos trazando un plan. Pensando en cómo escapar de aquella situación. Ya nada le importaba. La había agredido. Había traspasado la línea.

¿Qué dice la radio? – inquirió Pol.

- ¡SSSSSSSSsssssssssssssttttt! – chistó Teo, acercando el oido al walkie que llevaban sobre el salpicadero.

Hubo unos segundos de silencio. Un momento de distracción.

El pensamiento recorrió la mente de Ana como un cuchillo incandescente lo haría sobre una pila de mantequilla. Agarrando con fuerza las correas del subfusil y la mochila que tenía a su lado en el asiento, abrió la puerta del coche y saltó fuera, rodando por el suelo.

– ¿Qué coño? – dijo Teo, mirando hacia la puerta abierta, sin dar crédito a sus ojos.

- ¡Cuidado! – gritó alguien en el interior del automóvil.

Teo había movido el volante al mirar hacia atrás, y el coche se dirigía directamente hacia el borde de la carretera contrario al que había saltado Ana.

El volantazo no sirvió de nada.

Las ruedas chirriaron y el coche se desplazó lateralmente unos metros antes de caer por el terraplén, dando varias vueltas de campana para al final acabar empotrando la puerta del conductor contra un árbol por un lado y contra el propio conductor por el otro.

Ana se levantó del suelo, dolorida.

Estaba viva. Por primera vez se sentía viva. No sentía pena por Pol y Ferrán. Había envidiado su relación. Había envidiado su ternura. Había odiado la felicidad de aquellos dos maricas.

Aspiró el aire que la envolvía, saboreando cada aroma. Desde el levantamiento de los muertos, la naturaleza había seguido su curso, y la vegetación era mucho más abundante ahora que hacía años. Además, ahora no había nada absolutamente que polucionase el medio ambiente. Se sentía como una Eva liberada de su Adán, sola en el paraíso, aunque ese paraíso estuviese ocupado por miles de muertos vivientes. Prefería morir a manos de una bestia sedienta de sangre que vivir bajo falsas ilusiones de prosperidad. Ahora sólo dependía de ella.

Se recolocó la mochila en los hombros (era un milagro que no se hubiese roto) y se alejó, silbando, del lugar del accidente.

La vida le sonreía, por fin.

Teo tardó en despertarse. Se encontraba boca abajo, colgando del cinturón de seguridad. Fragmentos de chapa y plástico procedentes de la puerta estaban incrustados en su pierna izquierda, que sangraba copiosamente. Miró alrededor, con la vista nublada por el golpe y la acumulación de sangre al estar bocabajo. Vio a Pol moverse levemente. El golpe debía haberlo dejado aturdido también, había una gran mancha de sangre en la parte superior de la guantera. Miró por el retrovisor: Ferrán tenía el cuerpo atravesado de costado a costado por una gruesa rama que se había clavado en su tronco a través de la ventanilla.

Ferrán se estaba moviendo.

Sus ojos estaban en blanco.

Ferrán se había ido. Pero había vuelto.

Hablando en susurros para no alarmar al reciente redivivo, Teo extendió lentamente una mano para tocar a Pol.

- Pol… habla en voz baja… estoy atrapado aquí… Ferrán es uno de ellos.

Su mano tocó la de Pol.

Estaba fría.

Pol giró sus ojos sin vida hacia Teo.

Teo comenzó a gritar. Cuando luchaba por su vida, gritaba. Mientras Ferrán le desgarraba el cuello, gritaba. Mientras Pol abría su paquete intestinal, que le cayó sobre la cara, gritaba. Mientras pensaba que ahora él, que había seguido la rectitud del señor, estaba siendo comido vivo por dos homosexuales, gritaba. Mientras moría, gritaba.

Ana oyó los gritos mientras avanzaba por la carretera.

Sonrió, y silbó más fuerte aún.

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