Eremus. Epílogo.

Acababa de amanecer un nuevo día. Ana despertó con el sonido de un vehículo. Sus nervios se tensaron y empuñó el arma, apuntando hacia la fuente del sonido. Era una furgoneta de reparto, que se detuvo a escasos metros de ella, junto a una valla publicitaria en la que había escrito “Estoy viva, necesito ayuda.”.

Con extremo cuidado, salió del automóvil que se había convertido en su casa la última semana, apuntando hacia el puesto del conductor de la furgoneta.

Cuando esté bajó la ventanilla Ana pudo ver cómo desde detrás de unas gafas de sol, unos ojos escudriñaron su cuerpo.

– Puedes bajar el arma, no soy uno de ellos.

- Créeme, he tenido más problemas con los vivos que con los muertos.

- ¿Y ese cartel entonces?

- Digamos que ando algo escasa de recursos y necesitaba un reclamo para cazar.

- Ya… Bueno, pues aquí me tienes – dijo el con una sonrisa. – Me llamo Miguel. Tengo un camión isotermo a unos kilómetros de aquí repleto de comida congelada.

- Estupendo, Miguel. Me llamo Ana. Y seguramente soy la última persona que vas a conocer en tu vida.

La sonrisa de Miguel se transformó en su cara, convirtiéndose en una mueca de asco. Se miraron por unos momentos, tensos. Miguel levantó su mano derecha, en la que tenía una pistola automática amartillada por encima de la ventanilla.

– Muchacha, no me toques los cojones que mejores como tu me los he desayunado.

- Ya veremos quién se come a quién.

- Baja el arma, estúpida.

- Antes muerta, cabrón.

Los disparos resonaron en kilómetros a la redonda, pero nadie los oyó en aquel planeta de almas vacías.

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