Brutal, capítulo 2

Recobró el conocimiento. La oscuridad seguía ahí, rodeándole, asfixiando su mirada. Le dolía la cabeza y notaba una pequeña inflamación en el cuello. Sus manos permanecían atadas, no entre sí, sino a algo, cada una a un lado de su cuerpo. La silla era diferente, tenía las piernas extendidas, como si estuviese en un sillón relax. La imagen de Homer Simpson sentado frente al televisor se le vino a la cabeza automáticamente. Intentó liberarse, instintivamente, moviendo las manos y los pies.

Entonces vino el dolor, y recordó.

Su pie. Aquel hijo de puta psicópata loco malnacido le había cortado un dedo. ¿Y qué había dicho de su hija? ¿Tenía una hija? ¿La había perdido? No lograba recordar nada, ni su nombre, ni su dirección, nada. Seguía forcejeando, mientras la desesperación iba abriéndose camino a través de su consciente hasta llegar a lo más profundo de su mente y sacar a la superficie los terrores más profundos, aquellos que nacen de la impotencia, de saberse presa de un depredador mayor.

Jadeante, cejó en su empeño. Entonces recordó algo. Mientras forcejeaba, había rozado algo con el codo derecho. Movió el codo y logró tocar algo, una especie de saliente de plástico que se desplazó al contacto con su piel.

Una bandeja. Estaba en una silla de dentista. Y entonces reparó en otra cosa.

Estaba desnudo.

Echó la cabeza hacia atrás, intentando recobrar el aliento. Pese a tener una sensación de nausea, tenía hambre. Tenía mucha hambre. Notaba su lengua y sus labios resecos, pero sin embargo, no tenía sed.

Eso le llevó a preguntarse: ¿cuánto llevaba allí? Era difícil saberlo. No sabía cuánto tiempo llevaba inconsciente. ¿O había estado sedado? No sabía por qué, pero sabía que aquella presión que sentía en las sienes era a causa de algún tipo de sedante. Inyectado en el cuello, posiblemente. Aquello explicaría las molestias que sentía.

Intentando analizar su situación en aquella oscuridad que le rodeaba, flexionó los brazos y las muñecas todo lo que pudo.

Y allí estaba. Cogida a su mano izquierda notaba el esparadrapo y las gasas. Seguramente estaba siendo alimentado e hidratado por via intravenosa.

Cric cric cric.

Contuvo la respiración automáticamente. Estaba escuchando algo.

Cric cric cric.

Sonaba raro. Como si alguien vertiese lentamente el contenido de una bolsa de pipas en un bol.

Cric cric cric.

¿De dónde venía el sonido? ¿De su lado derecho? Agudizó el oido y entonces oyó algo más.

Una respiración. No estaba sólo.

Instintivamente, se quedó paralizado por el miedo. Cerró los ojos. Intentó no respirar. No hacer ningún ruido.

El terror hizo que empezase a temblar.

Cuando el silencio es absoluto, cualquier ruido, por mínimo que sea, nos parece amplificado un millón de veces. El que hizo una silla arrastrándose al ser apartada fue como un rayo de ira divina lanzado desde el monte olimpo.

- Sé que estás despierto. Sé que tienes miedo. Sé que estás en lo cierto.

No se atrevió a moverse. La congoja se hospedó en su garganta y las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas.

- Te tengo preparado un jueguecito. Se llama “cuenta a mis amigos”. Vas a jugar conmigo. Quieras o no.

Mientras decía esto, su captor usaba una brocha para extender una sustancia pegajosa por todo su rostro.

Sentado y atado a la silla, otra sustancia menos pegajosa empezó a resbalar desde su entrepierna. Mientras, su captor continuó hablando, mientras seguía extendiendo la sustancia a lo largo de su tronco y hasta su pene.

- Esto es una mezcla de miel, queratina y agua. ¿Sabes lo que es la queratina?

¿Qué era todo aquello? ¿Por qué le estaba pasando a el?

- La queratina – prosiguió su captor – es una sustancia protéica. Se encuentra en las uñas, en el cabello, en la piel… en fin, en nuestro organismo.

En un impulso primordial, el hombre maniatado rompió el soliloquio de su captor.

- ¿Qué quieres? – llanto – ¿Qué quieres de mí? – indignación – ¡Qué quieres de mí! – ira – Que quieres… que quieres… – de nuevo el llanto.

Su captor terminó de extender la sustancia. Después acercó su boca a la oreja de su cautivo.

- Quiero verte sufrir. Como sufrió ella. Como sufrió tu hija.

- ¡Suéltame malnacido! – gritó el cautivo, mientras notaba como la sustancia goteaba por todo su cuerpo – ¡Suéltame hijo de puta!

La luz le hizo daño en los ojos. Cuando habituó a ella, pudo ver con claridad dónde estaba. Era una habitación con paredes suelo y techo de cemento, con una instalación eléctrica de superficie. No tendría más de diez metros de ancho. No había ventanas. Una sóla puerta al frente.

Estaba en el garaje o en el sótano de alguien.

Tras el, su captor se acercaba. Intentó darse la vuelta para mirarle, pero no podía. Unas manos le agarraron de la nuca y el menton y acto seguido, le estaban sujetando la cabeza al reposacabezas del sillón con cinta americana.

¿Dos personas?

Un enmascarado, su captor, la voz que conocía entró en su campo de visión. Llevaba un gran cajón de plástico en sus manos.

- Te voy a contar un par de cosas que creo que deberías saber. No recuerdas nada a causa de una neurotoxina que te administro, que te mantiene sedado y además hace que no logres recordar practicamente nada.

- Porfavorporfavorporfavor, no me haga daño, no me haga daño…

- Otra cosa que deberías saber es que sobre la queratina.

- No me importa la queratina, por favor, no me haga daño…

- Debería importarte, hazme caso. En esta situación, soy lo más parecido a un amigo que vas a tener cerca. ¿No es curioso?

No supo que responder. El encapuchado prosiguió, adoptando un tono exageradamente académico.

- La queratina es una sustancia protéica. Un auténtico manjar.

Quitó la tapa al cajón.

- Para la cucaracha brasileña.

Decenas, cientos de insectos cayeron sobre el tronco, el cuello, el pelo y la cara del cautivo. Miles de patas recorrían su cuerpo.

Gritó.

Varios insectos penetraron en su boca.

Vomitó.

Los insectos intentaban escapar. Algunos hacia dentro.

Empezó a toser, asfixiándose con los insectos todavía vivos.

Tragó.

Espasmos provocados por el asco y la repugnancia le recorrián todo el cuerpo, convulsionándolo.

Logró respirar.

Fue consciente de que había tragado cucarachas vivas.

Siguió gritando.

De haber podido, habría oido las risas.

En algún momento en los siguientes minutos, se desmayó.

El enmascarado se acercó a el. Inyectó algo en la bolsa del suero.

- Mañana más.

Una respuesta para “Brutal, capítulo 2”

  1. Brutal, tío. Me gusta el estilo, crudeza y violencia, pero elegante.
    Esperamos el 3.

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